
El próximo domingo, los colombianos definimos quién será nuestro presidente para los próximos cuatro años, y bajo el clima electoral actual nos debatimos entre la continuidad del actual gobierno, la clase política tradicional con algunos rezagos de centro y voto indeciso; y un outsider en la extrema derecha.
Bajo el anterior criterio, en una democracia sana usted puede votar por el candidato que más esté alineado a lo que el país necesita, y esto no se puede saber si no se le “echa” una mirada al plan de gobierno de cada candidato – la preguntas es: ¿Usted votará por x o y porque ya leyó su plan de gobierno o motivado por los impulsos infundados del marketing y los medios?
Es válida esta pregunta desde cualquier punto de vista, pues nuestra historia electoral y preelectoral nos indica que aún existen colombianos que votarían por Hitler con tal de llevar la contraria a la izquierda, en ese escenario la política se reduce a una dinámica permanente de provocación, humillación y reacción emocional.
Esta lógica produce en el ser mismo la negación a la forma de pensar de otros, y con ello una hostilidad al adversario, un “tribalismo político” donde solo importa la posición política a la que pertenezco, a la izquierda o a la derecha, es lo más importante por encima del análisis crítico, los hechos o los principios éticos, en este contexto se justifica acciones incorrectas únicamente por el hecho de venir desde mi lado.
Cada vez se vuelve más común relativizar aquellos discursos de odio, incluso aquellos discursos fascistas que se veían graves en la Europa de la Segunda Guerra Mundial. Se han llegado a normalizar al punto de minimizar violencias provenientes de figuras abiertamente autoritarias por el solo hecho de hacer oposición a “la izquierda” y la normalización no viene porque se identifiquen con la idea política de quien detenta estos discursos, de hecho ni se habrán leído su plan de gobierno, lo normalizan y lo apoyan por el solo por ser enemigo político de su contrario, básicamente por rechazo emocional más que por razón ideológica.
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“Los movimientos fascistas en Europa crecieron precisamente alimentándose del miedo, el resentimiento y la polarización extrema, presentándose como posturas radicalmente opuestas frente a supuestas amenazas sociales y culturales” mismos discursos que hoy resuenan en el ocaso de la campaña electoral.
Cuando se habla de lo anterior, se niega cualquier tacha de fascismo, pues se define como algo del pasado, uniformes militares, marchas gigantes, símbolos explícitos, pero la verdad es que los autoritarismos modernos han mutado, igual que otras formas o pensamientos políticos, rara vez llegan anunciándose como tales: no vas a escuchar a ningún político decir soy fascista o autoritario, esta idea llega disfrazada con discursos que dicen “defender la libertad” “defender la nación”. Se alimentan obsesivamente de la frustración social y bajo esa línea construyen enemigos.
De acuerdo a lo anterior vale la pena preguntarnos ¿Qué tan lejos estamos dispuestos a llegar con tal de no coincidir políticamente con quienes creemos despreciar? Porque una cosa es disentir políticamente y otra muy diferente es perder todo principio ético en nombre de una confrontación ideológica que en la mayoría de los casos ni entendemos, solo repetimos.
De tal manera que lo más sensato antes de anular al otro, es enterarte, leer y configurar tus convicciones políticas, porque de lo contrario seremos los mismos ciudadanos de siempre que salimos a votar por rechazo y anulación al otro bando y no por convicción política.
Por: Julian Betancourt Nieto – Politólogo, periodista y analista político




